viernes, 20 de enero de 2012

Encuentros cercanos con la muerte.

Cuando tenía cinco años tuve un encuentro cercano con la muerte. Por casualidad.

Sucedió una mañana cualquiera. En nuestro jardín había un columpio, que era más o menos así, aunque de metal y oxidado:

 
Y estaba mal enterrado por lo que, cada vez que nos columpiábamos, se levantaba alguna de las patas que lo sostenían, amenazando con caerse la cosa completa. Era el mismo balanceo del juego el que mantenía el asunto a raya, porque al volver atrás, la pata volvía a su lugar, y todo estaba bien. Hasta la próxima vez, si no íbamos demasiado fuerte, claro.

Toda la estructura era tan pesada y su poder nos parecía fascinante. Tanto que, con mi hermano Ricardo, cuatro años mayor, nos la arreglábamos para tirarla al suelo a propósito…  solo por el gusto de verla caer. Retumbaba la tierra en un rumor sordo cuando lo hacía, y era algo impresionante, y poderoso, y fascinante de presenciar. Típicas tonteras de niños, aunque por niños que fuéramos, sabíamos que era peligroso estar encima del columpio cuando eso pasaba, así que lo empujábamos directamente cuando queríamos botarlo. Nada de hacerlo de verdad. Cualquiera que sintiera el impacto que producía al venirse abajo, sabía que no era algo para tomar a la ligera.
 
Con él cuando yo era una guagua.
Por supuesto que mis papás no sabían de este juego loco. Era uno de tantos secretos que compartíamos mi hermano y yo. Como las caminatas por el techo roto, las escapadas en bici a la tarde por calles peligrosas (“al lado”, íbamos), los fuegos artificiales escondidos, las saltadas al suelo desde el segundo piso, o los dulces que comprábamos con plata “prestada”, jeje. Cosas que uno sabe, sin importar la edad, que en el fondo no están bien, así que las oculta Nosotros ni le contamos a nuestros papás que el columpio estaba suelto, porque eso significaba que lo arreglarían y que no podríamos seguir jugando así con él. Y nos encantaba hacerlo.
 
Mi hermano era responsable dentro de su irresponsabilidad, así que me había hecho prometerle que sería cuidadosa… pero pese a todo lo que lo admiraba, a mí me gustaban la velocidad y los riesgos, así que no era muy obediente, en especial cuando estaba sola. Y la mañana en que sucedió, lo estaba. Iba en kínder, y salía antes que mis hermanos grandes de clases, y mi hermano chico aún no existía, así que figuraba jugando por mi cuenta en el jardín. Y, llevada por un entusiasmo infantil, me columpié lo más fuerte que pude, como quizá nunca en la vida, sin ánimo particular de dar vuelta la estructura, sino que solo por el entusiasmo de sentir el viento en la cara, y la velocidad en mí.
 
Y eso es todo lo que recuerdo.
 
Porque de pronto, no había nada. Era la nada. El silencio más absoluto. Como un sueño muy profundo, un trance hondísimo de conciencia… pero algo tan hondo y profundo que ni siquiera se puede definir como la nada, porque para definir un “nada”, tiene que haber un “todo” en alguna parte, y ni siquiera había eso.
 
Simplemente, yo no era. No había conciencia alguna de mí. Ninguna voz, ninguna idea. Ni siquiera existía el tiempo.
 
Solo potencialidad y silencio.
 
Hasta que una voz me llamó. “María Paz”, dijo, con firmeza y dulzura. Era una voz profunda, y de hombre, con mucha autoridad, que rompió el total absoluto de ese espacio. Entonces volví a existir, en separación del resto, aunque todavía de modo muy precario.
 
Estaba aún demasiado inmersa. Era aún un sueño demasiado profundo, así que la voz debió continuar, “María Paz”… hasta que me “despertó”, por decirlo de algún modo. “Verdad que yo era una niñita, que se llamaba María Paz y que vivía en esa casa, con ese jardín”, o algo así pensé, como retomando un recuerdo muy lejano, mi conciencia volviendo a tomar forma. Y la voz me seguía llamando, atrayéndome. Tenía tanta tranquilidad, y también tanta determinación. Era obvio que yo tenía que responderle. En esa voz se concentraba el universo.
 
Todavía un poco más chicos.
Así que lo hice. Volví. Abrí los ojos. Y entonces la serena voz de hombre, que seguía repitiendo mi nombre, se transformó en la agitada voz de un niño, la de mi hermano Ricardo, que decía lo mismo,“¡María Paz, María Paz!”, gritando, rojo de tanto hacer fuerza y medio llorando sobre mí. Tenía solo nueve años, y sostenía con todo su vigor el pilar central del columpio, que estaba a punto de soltar y que figuraba… a unos cuarenta centímetros de mi cabeza. Yo estaba en el suelo y tendida de espaldas.
 
Cómo mi hermano apareció ahí, es un misterio. Estoy segura de que él no había llegado a la casa cuando esto sucedió, y en especial de que no estaba en el jardín. Entonces se me ocurre que: o fui detenida en el tiempo hasta que él volviera y pudiera salvarme, o que fue un ángel que tomó la forma del niño en quien más confiaba en el mundo, el único cómplice de mis secretos, quien vino a sacarme de allí.
 
De un modo u otro, yo había vuelto al mundo, y a tener en él apenas cinco años, ¡y una enorme barra de metal estaba a punto de caer sobre mí! Así que me levanté y me corrí, lo más rápido que pude: yo ya estaba aquí y quería vivir.

¡Tenía que vivir!

La gran barra de metal cayó apenas segundos después, retumbando otra vez sobre el pasto en ese rumor sordo. Mi hermano y yo nos miramos con consternación, y luego no dijimos nada. Sabíamos que había pasado algo importante, en especial yo, pero lo dejamos ser. Creo que hasta nos fuimos a ver monitos, en parte para evitar el asunto, en parte porque es lo que los niños hacen.

Nunca más jugamos con el columpio.

viernes, 13 de enero de 2012

La señora encaramada.

Era el 2009 y yo figuraba con unas amigas en el sudeste asiático. Habíamos decidido dedicar unos meses a viajar, y de momento estábamos en Camboya, específicamente en las ruinas de Angkor, un lugar que me sorprende que no sea más conocido (yo misma no supe de él hasta que me vi inmersa en tal viaje)… kilómetros y kilómetros de edificaciones antiguas, que hoy están a medio comer por la selva y medio habitadas por los monos. Fue la capital del antiguo imperio jemer, que ocupó no solo Camboya sino que otros países aledaños, y por eso está llena de templos y de monumentos. Se le llamaba ciudad sagrada, y hay partes de ella que fueron levantadas hace más de diez siglos.

Angkor Wat, el templo principal.

Cada una de sus construcciones es una completa exquisitez, cuidada y esculpida hasta el último detalle, todo enmarcado de salvaje naturaleza, y rodeado de cierta aura poderosa y ancestral, difícil de explicar. Habría que ir para capturar – o intentar capturar – lo que se siente cuando uno tiene la oportunidad de ir por allí asombrándose: 
Detalles de un muro cualquiera.

Es tan lindo que parece una broma.

Sin embargo, también es muy pero muy caliente. Por eso, aunque era invierno, nos tocaron unos 30 y tantos grados, y una humedad tan alta que de a poco iba bloqueando la mente, en una especie de nube soporífera comedora de cosas. Una de mis amigas incluso vio puntitos negros por el calor. Creo que tomamos por lo menos dos litros de agua por nuca, intentando mantener el barco a flote, y así fuimos a casi cada templo, vimos casi cada vista, y subimos casi cada una de esas escaleras apretados al más puro estilo maya. 
Maca empezando a subir.

Al final lo hicimos bien.

Hasta que se acercó el atardecer, y con él, el momento de subir al templo más alto de la zona, cuya cima estaba varios pisos y escalones arriba de donde nos encontrábamos. ¡Oh, Dios! Lo logramos también, pero no fue fácil. Mascullamos, insultamos, y transpiramos ríos enteros en el proceso… hasta que al fin llegamos a esa cima enrocada desde donde veríamos al majestuoso sol hundirse entre los bosques y templos, ¡qué felicidad! Definitivamente había valido la pena. Y, una vez instaladas, miramos a los lados, para ver con qué gallardos compañeros debíamos codearnos por haber acometido tal hazaña, y entonces vimos que había harta gente, todos locos por la aventura como sus servidoras, intercambiando miradas de satisfecha complicidad.

Y entre ellos una señora.

Pero no era una señora cualquiera. Porque debe haber bordeado los 90 años y figuraba en la cima feliz de la vida. Como si no hicieran 150 grados y nuestras extremidades estuvieran a punto de caer derretidas. Como si no hubiera pisos enteros de peldaños siendo peaje obligado para llegar hasta allí. Como si no tuviera ya esos 90 años. La veterana estaba tranquilamente sentada con las dos manos unidas sobre su regazo, lista para ver el espectáculo del ocaso... y estaba radiante.
Más gente esperando (no sale
la señora).

La señora nos había dado zurra, opino yo, a la manga de 27añeras que llegó casi resollando a la punta. Aunque para ser justas (dignidad) sí habíamos trepado absolutamente cada templo disponible desde antes del amanecer, jejeje. Había sido un día muy largo.

De todos modos, yo no podía dejar de mirarla. La encontré una inspiración. No parecía importarle ninguna de las barreras que a veces nos ponemos, ni siquiera las que tienen base más concreta, como la edad, el calor, o el esfuerzo… ella simplemente había querido subir hasta la cima para ver el atardecer, y lo había hecho. Y ni siquiera se leía orgullo en su cara, sino que solo entusiasmo y expectación.

“Así quiero ser yo”, dijo esa voz en mi cabeza, inundada de emoción.
Una escultura vigila el sol.

Y así lo seré, si está en mi poder. No me limitaré por la edad ni por la lejanía de los lugares que quiera ver, cuando mi cuerpo no me acompañe tanto… sino que estaré allí, en primera fila, tomando toda la belleza que el mundo pueda ofrecerme. 

Hasta el final.

Y si en el proceso, dejo con la boca abierta a las nuevas generaciones, tanto mejor para nosotros. A ver si se animan también.

La Coni haciendo amistad con un mono local: momentos por los que vale la pena vivir.

viernes, 6 de enero de 2012

El cansancio o cuando a uno no le importa nada.

Así era el perrín, aunque
menos simpático.
Yo creo que el mayor problema de la sociedad podría ser el cansancio. Ni la distribución de la plata, ni la sobrepoblación de algunas ciudades, ni la contaminación: el cansancio.

El cansancio nos hace indiferentes, y es muy difícil trabajar con la indiferencia. 


Lo ejemplificaré en algo muy cotidiano: Una amiga del colegio, la Mariajo tenía un perro, un rodesiano: Timmy. Ella lo encontraba encantador y seguramente el perro lo era con ella, pero las otras le teníamos pánico: con nosotras no era amable y además era gigante. Una vez se escondió debajo de la mesa cuando estábamos en el living, y era tan enorme, y gruñó tan fuerte, que la mesa empezó a temblar sobre él, con tazas y platos y librotes, y hasta pequeñas esculturas encima. Solo mi amiga podía dominarlo, cosa que hizo rápidamente en esa ocasión, con una voz suave y graciosa, como si nada horrible estuviera por pasar.

¡Dios! Esa vez creí que me moría. Casi llegué a sentir el frío hálito de la muerte soplando tras mi cuello, y lo mismo le pasó a la Coni, otra amiga que también estaba allí, con la que corrimos juntas a escondernos al baño. Admito que, en mi apuro, casi le cierro la puerta encima, jeje. Sorry, Coni. 

Pese a esto, unos días después, la Coni y yo figurábamos otra vez, como si nada, en el lugar del crimen. Era una tarde intersemanal y las dos veníamos agotadas de nuestras respectivas actividades, con ganas de solo echarnos a compartir el espacio. La Mariajo había ido a buscar vasos o algo así, demorándose mucho rato en sus labores de anfitriona, cuando con horror súbito recordé el perro, y le pregunté a mi interlocutora “¿no estará el Timmy otra vez debajo de la mesa?”… porque no había ni rastro de la dueña, y si él aparecía… ay, no podía ni pensarlo. Basta con decir que hubiera preferido que la mesa se moviera por la aparición del mismo demonio en alguna sesión de malogrado espiritismo, que porque el rodesiano, con su simple cuerpo terrestre, estuviera gruñendo bajo ella.

Mi amiga le tenía tanto miedo como yo, pero para mi sorpresa, en esa ocasión solo contestó un escueto “no sé”, hundida en el sillón. “Estoy tan cansada que me da lo mismo que me coma”, explicó después de un aletargado silencio, aún sumergida en ese océano de tela y relleno, con voz totalmente monótona. Era la viva imagen de los hombres y mujeres consumidos por el vivo ritmo actual. Totalmente destruida, y sin tener siquiera vergüenza de admitirlo. 

La Coni estaba casi así, jaja.

En ese momento, lo miramos con distancia y resultó tan gráfico y dramático que nos pareció divertido, ¡muy divertido y terminamos riéndonos!... pero en realidad habla de algo bastante serio: de que hay momentos en que las cosas no nos importan nada. Y eso tiene que ver con el cansancio. 



Una forma interesante de explicar esto, es a través de algo llamado la pirámide de necesidades de Maslow, que grafica cómo las personas podemos preocuparnos de los niveles más altos solo en la medida de que hayamos cubierto los primeros. El gráfico al respecto lo adjunto, porque habla por sí mismo. 





Analizándolo, podemos ver cómo uno solo puede darse el lujo de cuestionar el mundo y de cambiar los problemas actuales (y personales), si ha dormido bien, comido bien, y se tiene conexión con otras personas, por dar un ejemplo. No es que de otra manera no pueda suceder, es que es antinatural que lo haga. Aunque a veces los seres humanos – para bien o para mal – vamos más allá de la propia naturaleza. 

Los profesores trabajamos mucho con esto. Sabemos que los lunes y martes son los mejores días para hacer clase, pero que antes de almuerzo, y los viernes (para qué decir viernes antes de almuerzo) no puede pedirse demasiado. Es un curso totalmente distinto el que aparece refrescado y listo para la acción a principios de semana, que el que está agotado el viernes en la tarde y solo quiere irse, y una también es distinta. Por ende, hay que planear las clases teniendo en cuenta esto. 

Qué lindo nevó ese día.
Y no solo hay que tener en cuenta las diferencias durante la semana misma, sino que agregarles las variantes mayores, como los cambios que ocurren entre el principio y el final del semestre, y también considerar las cosas externas que pasan, como cuando hay un partido del mundial, o acaban de rescatar a los mineros y el ánimo general ha cambiado y eso también influye. O como cuando, por ejemplo, vino la gran nevazón, y los profes debimos dar un rato para dejar que los niños miraran por la ventana. Era algo diferente y lindo, y además nosotros también queríamos mirar. 

Tener en cuenta esto que nos pasa, no solo es útil, sino que también clarificador. Uno se acuerda de que habitamos dentro de cuerpos meramente humanos, con energía e intereses limitados, y a entenderlo así. Uno aprende de los timings, por darse cuenta, por ejemplo, de que en ocasiones no es que a alguien no le importen las cosas: es que no tiene la energía o el espacio para hacerse cargo. A alguien deprimido posiblemente no le interesará el destino de los bosques, y una persona enojada tal vez le grite a los que hacen la colecta anual, solo por aparecerse en un mal momento. A alguien que se pasa el día cuidando al papá enfermo quizá no le importe si tal o cual político robó tal o cual cosa, y un tipo cesante que está urgido porque no puede llevar comida a la casa, tal vez prefiera tomar un trabajo injusto y mal pagado, antes que ponerse a luchar por su valor personal: Son cosas que pasan, incomprensibles a nivel ético, pero comprensibles a nivel humano, de los hombres y las mujeres que salen cada día a luchar al mundo, y que en ello hacen pequeñas – o grandes – concesiones, y es que uno solo tiene capacidad para luchar ciertas batallas, no todas... aunque tenga esos momentos en que se siente invencible. 

En general el orden es así: de lo más cercano a lo más lejano. Primero, vienen uno mismo y los cercanos, luego el propio barrio, y los amigos, y de ahí los compatriotas, y muy al final la totalidad de la gente y de la existencia. Hay algunos, sí, que son más altruistas, o quienes tienen otro orden de preferencia: los animales antes que la gente, y así. Pero ese, en general, es el orden.


Por eso yo creo que es tan importante aprender a descansar: porque así uno puede luchar mejor esas batallas, y dar la cara para algunas que ni se consideran pelear cuando uno está agotado. Fresco y recuperado, uno tiene más energía, se interesa más en las cosas, y eso hace que sea imposible desligarse del mundo y sus consecuencias, como de uno mismo. Uno puede más, y logra más, y eso hace que también sea más estimulante, vivir. 

Y con descansar no solo me refiero al comer bien y dormir, que es muy importante, sino que también a la parte emocional: elegir amistades y amores agradables, no decir que “sí” cuando quiere decir “no”, trabajar en algo en lo que se crea – aunque sea muy en el fondo – y etcétera. Me refiero a darse el espacio para encontrar ese espacio de paz mental, que muchas veces se encuentra solo por permitirse parar. Es que, irónicamente, hay que poder parar, para luego correr más rápido. 

Por supuesto, hay personas extraordinarias que son capaces de superar el cansancio y las carencias de los niveles más básicos, y creo que todos hemos sido así alguna vez, en momentos de especial determinación o necesidad. Pero en general estamos somos solo seres humanos, y eso es lo que encuentro que hay que recordar. 

Y ese ser humano, afinado y preparado, puede lograr muchísimo.

Igual estos son animalitos, pero se entiende el punto.